Mamá Ratón

PRÓLOGO

—¡Shhh! Silencio Jake, no querrás despertar al gato, ¿verdad? —susurró Papá Ratón.

—Lo siento padre, tendré más cuidado —Jake sonaba muy nervioso. Era su primera vez en la gran casa y quería que su padre estuviera orgulloso de él al verle coger el trozo de queso más grande de todos.

Mamá Ratón se había opuesto a que Jake, el segundo de sus hijos, fuera a una de las “partidas” de Papá Ratón, pero a las enormes ganas de salir de aventuras de Jake se le unió el discurso de su marido:

—El chico ya es mayor, Anya —decía—. Algún día tendrá su propia familia y tendrá que alimentarlos y tendrá que hacerlo todas las semanas, es mejor que empiece ahora para ir cogiendo experiencia. Además, yo era más joven que él cuando hice mi primera “partida”. Tranquila, todo saldrá bien.

Mamá Ratón no se había quedado muy convencida, pero cuando su marido empezaba un sermón no había nadie que le llevara la contraria. Así que esa misma noche, Papá Ratón cogió su vieja mochila con lo necesario y un poco de espacio para la comida que iban a coger prestada, o como Mamá Ratón la llamaba: comida saqueada. A Jake le dio una mochila más pequeña, a su medida, para que pudiera llevar más comida.

La casita de la familia Ratón se encontraba en los cimientos de la gran mansión de los humanos y esta a su vez se encontraba a las afueras de una gran ciudad, como si de una muñeca rusa se tratara. A Jake le encantaba ir con Roger, el mayor de sus hermanos, a la copa del árbol más grande del jardín y desde allí ver las luces de la ciudad a medianoche.

Papá Ratón y su hijo siguieron una red de túneles, hecha por él mismo hace un año, que llegaba hasta la despensa de la casa. La salida del túnel daba detrás de la estantería donde estaban todos los alimentos que más interesaban a la familia Ratón. Al padre de familia le habría gustado que el túnel llegara hasta la parte más alta de la estantería, donde estaban las cosas más fáciles de transportar, pero la cocina era el lugar más concurrido de la casa y no podía arriesgarse a que alguien le escuchara mientras él hacía el túnel por todo el interior de la pared, así que se tuvo que conformar con que diera al suelo.

Usando los botes de conservas y unos enganches estratégicamente colocados, llegaron hasta la cima de la estantería. Mientras subían, Jake se quedó impresionado con toda la comida que había allí, mientras que ellos se tenían que pasar, a veces, un día entero sin comer. Papá Ratón vio que la puerta de la despensa estaba abierta, pero no se preocupó y siguió escalando.

Ya en la cúspide, Papá Ratón explicó a Jake de dónde conseguía él la comida: en lo más alto de la estantería los humanos colocaban algunos botes abiertos con tentempiés para picar; también dejaban las latas de conservas a punto de caducar en ese estante. A la madre de los humanos le ponía histérica ver comida casi caducada en lo que llamaban “nevera”, solían dejarlos allí para luego tirarlos, así que había que ser rápidos; los copos de maíz y otros cereales los cogía de cajas de cereales abiertas, donde los niños humanos iban a coger un puñado siempre que podían, y siempre que sus padres no les vieran. Papá Ratón se acercó a una caja de cereales y subiéndose a un bote cercano metió las manos dentro y fue pasando bolitas de cereales a su hijo hasta que su mochila se llenó.

—Espera, me llevaré un poco más de ese bote de tentempiés para una cena en honor a tu primer día de “partida” —le dijo Papá Ratón a Jake.

Mientras su padre cogía comida y se llenaba su mochila, el pequeño ratón inspeccionó de nuevo su propia mochila. ‘¿Solo siete bolitas?’, pensó. ‘Seguro que caben dos más’. Así que, imitó a su padre e introdujo sus manos en la caja de cereales para coger dos bolitas de trigo, pero sus pequeñas patas no podían coger dos bolitas a la vez y se le escaparon. Rodaron por todo el estante y cayeron hasta el suelo de la despensa. Papá Ratón giró sobresaltado y clavó su mirada en la cara de culpa de su hijo. Iba a susurrarle una reprimenda pero de repente escuchó unas pisadas bastantes sigilosas. Salió disparado hacia su hijo y lo oculto detrás de un bote mientras le tapaba la boca. La mirada de Jake lo decía todo: ‘¿Un humano?’. Papá Ratón como si pudiera leerle la mente negó con la cabeza y pensó ‘Peor’.

El enorme gato negro, llamado Salem por los humanos, entró silenciosamente en la despensa. Vio las dos bolitas de cereales en el suelo. Echó un vistazo por todo el suelo de la despensa y por debajo de la estantería. Olfateó el aire y entonces dirigió su mirada hacia arriba. Giró la cabeza en señal de extrañeza y salió tranquilamente por la puerta. Papá Ratón respiró tranquilo, soltó a su hijo y recogió los tentempiés que se le habían caído. Jake con las manos en la espalda y sintiéndose el ratón más triste del mundo miró a su padre y dijo:

—Papá, lo siento, creí que podía-

—Silencio, puede volver. Será mejor que nos vayamos —dijo sin mirarle a la cara.

‘Jake, eres estúpido’, pensó el pequeño ratón. Siguió a su padre en la bajada siempre mirando al suelo y con cara de culpabilidad. Al llegar abajo, Jake dirigió su mirada a las dos bolitas de trigo que casi provocan la muerte de él y de su padre. Se le pasó por la mente ir a por ellos pero luego recapacitó, ‘No, ya has metido bastante la pata’. Giró listo para irse y se encontró a su padre mirándole tristemente, no con cara de enfadado o con cara de “me has decepcionado” sino con una cara peor, para él, que todas esas juntas: ‘No debí haberte traído’. Jake volvió a bajar la cabeza y anduvo hacia él, hasta que se percató que su padre se había puesto rígido y su cara mostraba el horror absoluto. Al ratoncito le invadió un sentimiento paralizador y terrible: el miedo. Aunque hubiera querido darse la vuelta no podía, pero no importaba, ya sabía que había detrás.

Su padre se abalanzó sobre él y lo cogió de la mano tirando de él con todas sus fuerzas. El gato, que ya había saltado desde la puerta, estuvo a punto de llevarse por delante al ratoncito de un zarpazo. Papá Ratón sacó un pequeño alfiler que guardaba para casos de emergencia y en el momento en que Salem iba a dar otro zarpazo, Papá Ratón le clavó el alfiler en la zarpa. Salem dio un respingo y gritó de dolor. Jake seguía petrificado con la escena que estaba viendo y que le parecía irreal.

—¡Corre hijo! gritó su padre ¡Corre por lo que más quieras, iré detrás de ti!

Jake usando todas las fuerzas de las que disponía echó a correr hacia la parte de atrás de la estantería. Antes de ocultarse del todo, volvió a mirar hacia atrás a ver si su padre le seguía. Se horrorizó al ver que él aún seguía parado en frente del inmenso gato. ‘Papá, corre, por favor’, pensó Jake casi entre lágrimas. Entonces su padre giró la cabeza y mirando a Jake sonrió y le guiñó un ojo. ‘Te quiero, hijo’, pensó Papá Ratón.

Lo que pasó después, algo que luego con el transcurso de los años Jake intentaría olvidar, lo vivió a cámara lenta. Entre lágrimas, volvió a casa después de ver cómo su padre había sido agarrado con las zarpas del gato y luego había sido comido delante de él.




CAPÍTULO 1

Mientras Mamá Ratón preparaba la comida, el pequeño Pyp daba vueltas alrededor de ella y olisqueaba el aire saboreando la comida. Como era muy bajito, daba saltos todo el rato para ver cómo su madre preparaba el caldo en una gran olla. Debido a que últimamente en las “partidas” no había conseguido mucho, Anya había reunido los últimos retazos de comidas y migajas de pan que le quedaba y había hecho una gran sopa. Mañana Roger, el primogénito, se iría para encontrar un lugar mejor donde instalar a la familia y Anya quería celebrar una gran comida de despedida. ‘Espero que no sea por mucho tiempo’, pensaba preocupada.

Joey, el tercero de sus hijos, fue a avisar a Jake, que estaba hablando con Papá Ratón. Siguió el túnel que iba por debajo de todo el jardín trasero hasta el Gran Árbol, donde se encontraba su hermano. Joey era el más alegre de los cuatro hijos. No había un momento en el que no dejara de sonreír y de hacer bromas. Anya le vestía siempre con una gorra azul celeste y un chaleco azul oscuro. ‘El azul me inspira alegría, como tú’, le había dicho ella a Joey el día que tejió su ropa.

Al llegar a la salida del túnel se fijó bien en que no hubiera nadie en el jardín. Una vez seguro salió escopetado a un agujero en la corteza del Gran Árbol, muy cercana al túnel. Allí se encontraba Jake frente a su padre. La estancia era pequeña y rellena de tierra, tenía un pequeño agujero encima de la entrada, por donde entraba la luz e iluminaba la espalda de Jake. Joey entró mientras su hermano seguía en silencio.

—¿Jake? Mamá dice que vengas. Roger llegará en cualquier momento y te caerá una buena bronca si no estás allí.

Jake miraba fijamente a una piedra clavada en la tierra en la que ponía:


Jim

Gran esposo

Gran padre


La pequeña lápida estaba incrustada en la tierra. Había costado arrastrarla hasta allí y clavarla en el suelo. Ya habían pasado unos meses desde aquel día. Jake se había vuelto callado y serio. Era el que más ayudaba a Mamá Ratón, pero siempre lo hacía en silencio. Raramente hablaba. Llevaba una camiseta roja de manga larga, tan larga que le sobraban unos cuantos milímetros. ‘El rojo es el fuego intenso que llevamos todos dentro, me recuerda a tu padre y a ti’ le dijo su madre cuando le cosió la camiseta. Ya hace mucho tiempo de eso y aún le quedaba grande.

Jake salió de la ‘cueva’, que es como la llamaban, en silencio, sin articular palabra. Joey le miró y luego negó con la cabeza. Ya afuera, Joey saltó sobre su hermano empezó a frotarle la cabeza con los nudillos mientras decía:

—¿¡Qué haces con esa cara tan larga!? Alégrate, cabezón, muy pronto nos mudaremos a un lugar mejor, deberías estar sonriendo.

Jake consiguió quitarse a su hermano de encima. Le miró fijamente enfadado y le dijo:

—¿Por qué estás tan seguro de que Roger encontrará otro sitio mejor?

La cara de Joey se puso seria y dijo:

—Sé que lo encontrará, y tú deberías estar feliz por una vez. Al menos hazlo por mamá.

‘Hazlo por mamá’, las palabras mágicas que hacían que Jake hiciera cualquier cosa. Desde la muerte de Jim, Jake se había sentido tan culpable que siempre que veía a su madre llorar a escondidas, sentía una puñalada en el corazón. Se prometió a si mismo que no volvería a dejarla sola y que haría lo que fuera para hacer que estuviera feliz. Forzándose a mostrar una ligera sonrisa, los dos ratoncitos se dirigieron al túnel. Antes de adentrarse dentro del agujero, Jake dio un último vistazo al Gran Árbol y se fijó en una gran nube negra que se acercaba desde el sur. ‘Va a llover mucho’, pensó y se fue directamente al túnel, hacia casa.




CAPÍTULO 2

Estaban todos comiendo la sopa caliente que había hecho Mamá Ratón. Roger presidía la mesa y justo enfrente estaba Anya. Roger era grande y fuerte, solía salir de la casa para comerciar con los ratones vecinos. Aunque, en realidad, era menos peligroso que adentrarse dentro de la casa a por comida, Roger tenía una cicatriz en el lado izquierdo de la cara, que se hizo escalando un arbusto. Era el más grande de los ratoncitos y hacía tiempo que se había desecho de la camiseta que le había hecho su madre. ‘Los niños se hacen mayores, cariño, no podemos evitarlo’, le había dicho Jim en una ocasión.

Pyp lo devoraba todo a una velocidad asombrosa. Llevaba una camiseta corta verde que le llegaba hasta las rodillas. ‘El verde representa a la naturaleza, la primavera y la juventud. Tú eres el más pequeño de todos’, le dijo Anya el día que Pyp recibió su camiseta para distinguirlo. ‘Yo soy gande’, respondió Pyp enfurecido. Sus padres estallaron en carcajadas al oír eso. Mamá Ratón le hizo la camiseta más grande para que Pyp se sintiera más mayor. Aún le quedaba grande.

En las últimas semanas Roger había ido de aquí para allá en busca de una nueva casa, cada vez los humanos ponían más trampas y el gato estaba más vigilante. Mamá Ratón no podría traerles comida eternamente a sus hijos. Era ella la que se ocupaba de limpiar la casita de la familia Ratón y de ir a por comida por las noches. Hubo momentos en los que Roger se había ofrecido para hacer las partidas, pero se negó y le contesto ‘Ya he perdido a Jim, no te perderé a ti también’ y con esta frase la discusión siempre terminaba. En una de sus primeras partidas, ella había recibido un arañazo de Salem en la espalda, a punto estuvo de ser comida por el enorme gato negro, pero consiguió entrar detrás de la estantería en el último momento. Se vendó la herida a escondidas para que los niños no la vieran.

Así transcurrieron los meses y cada vez Anya se sentía más cansada. ‘Tal vez lo de mudarnos no sea tan mala idea’, se decía a sí misma para convencerse que debía dejar ir a Roger. Mientras le daba vueltas a este pensamiento miraba fijamente la sopa, sumergida en su mente.

—Madre, deberías comer —le dijo Roger.

—¡Oh! No pasa nada, no tengo mucha hambre.

—Madre, por favor —le contesto Roger serio.

Anya estaba demasiado nerviosa como para comer, pero se obligó a darle unas cucharadas a la sopa, si no comía, Roger se enfadaba mucho con ella.

—¿Irás hasta el río? —preguntó Jake a Roger.

—No, por allí o ya están ocupadas todas las casas o tienen un gato. Iré hasta una granja que me han dicho que está muy bien. Me dijeron que tienen un perro muy amigable, quizás nos podría ayudar.

—¡Yo quiero un perro! —dijo Pyp emocionado.

—Podrás cabalgarlo por todo el campo si quieres ⸻le dijo Roger a Pyp sonriendo.

—No podrá —intervino Joey—. Le pesa tanto el culo que se caerá a la primera.

—No me pesa el culo —respondió Pyp enfadado, hinchó los mofletes en señal de estar mosqueado.

—¿Una granja? ¿Eso no está muy lejos? —pregunto Mamá Ratón preocupada.

—Que va, no es más lejos de lo que me hago todos los días por el barrio. Estaré bien madre, no te preocupes.

Anya no se quedó muy tranquila, aun así asintió. Desde que Roger empezó a buscar casa, ella había puesto mil y una excusas para que no fuera. ‘Madre, confía en mi por favor, no dejaré que sigas jugándote la vida aquí’, le dijo Roger una vez para convencerla. Cuando terminaron de comer, recogieron la mesa y se fueron cada uno a su cama. Anya aún dejaba en su cama de matrimonio el hueco donde antes dormía Jim. Se quedó un buen rato mirando ese vacío que había dejado, tanto en la cama como en su corazón. Acarició la almohada donde Jim apoyaba la cabeza para leer. Empezó a recordar su cara, su sonrisa, sus ojos. Le recorrió una lágrima por la mejilla. En ese momento se sentía la ratoncita más sola del mundo.

El día que Roger se iba a ir mama ratón le preparó un tentempié para el camino.

—Abrígate, ¿vale? Si llueve quédate en un agujero a salvo, no hables con extraños, come mucho.

—Madre, lo sé, tranquila, ya he hecho esto muchas veces, confía en mí.

El abrazo que se dieron pareció durar horas, Anya lo abrazo tan fuerte que casi lo parte por la mitad. Luego Roger se acercó a Jake, le miró muy serio y luego sonrió.

—Ahora eres el hombre de la casa. Cuida de mamá por mí, ¿de acuerdo?

Jake asintió serio y entonces Roger le removió el pelo. Se acercó a Joey y se miraron fijamente un largo rato hasta que empezaron a hacer un extraño y complejo saludo que duró por lo menos un minuto. Al terminar los dos sonrieron y Joey dijo:

—No te líes con la primera ratoncita que veas, que te conozco.

—Y tú no te pases de listo.

Pyp se lanzó encima de Roger casi a punto de llorar.

—Eh, eh, pequeñajo, ahora eres el guardián de la casa y los guardianes no lloran.

Pyp sorbió todos los mocos que se le caían y dijo entre balbuceos:

—Vu-vuelve pronto.

—Claro, pequeñajo.

—No-no soy pequeño —contestó hinchando los mofletes.

Roger se fue atravesando la valla que rodeaba el jardín. Una vez se fue, Mamá Ratón mandó a los demás adentro. Se quedó un rato fuera, al lado del Gran árbol, mirando por donde se había ido su hijo. Luego miró el agujero que conducía a la tumba de su marido. Apartó la mirada y se fijó en el cielo, una nube negra enorme lo oscurecía todo. Le entró un escalofrío por todo su cuerpo. Despejó de su mente las ideas que tenía y se metió en el túnel en dirección a casa.



 

CAPÍTULO 3

Mamá Ratón barría el suelo mientras Pyp estaba encima de la mesa jugando con un ratón de trapo que le había hecho Roger hace tiempo. Ya hacía dos días que se había ido, dos días de intensa lluvia y de tormentas. Anya se había quedado horrorizada cuando vio a través de la ventana de su cocina, que no era más que un pequeño agujero con un vidrio, como el viento arrancaba un trozo de la valla del jardín y la estrellaba contra el árbol.

Llevaba todo el día limpiando, estaba tan nerviosa que no podía parar de limpiar. Había prohibido a los niños salir a jugar y estaban limpiando algunos agujeros que se habían llenado de pequeñas hojas debido al viento. Cuando terminó de barrer cogió un cubo y fue hasta una de las habitaciones de la casita. En la habitación goteaba del techo agua que se acumulaba los días de lluvia. Mediante unos minitúneles hechos por Jim, el agua caía justo en esa habitación, así tenían un estanque donde bañarse y beber. Llenó el cubo y lo usó para limpiar los platos.

Jake y Joey volvieron mojados y llenos de barro. Entraron en la cocina y Anya al ver que lo ponían todo sucio dio un grito y los mando bañarse. Cogió un paño y empezó a limpiar el suelo enlosado con pequeñas piedras. De pronto escuchó unos pasos acercándose a ella, furiosa se levantó y dijo:

—Os he dicho que vayáis a bañaros, lo tengo que-

Al alzar la vista se quedó horrorizada. Vio a Roger con la ropa desgarrada, sucio, empapado y la parte derecha del tronco sangrando. Tenía un trozo de hierro clavado.

—Madre, yo-

Roger se desmayó, pero antes de que se diera de cabeza con el suelo su madre lo cogió entre sus brazos, se quedó sin habla, estaba a punto de estallar en llanto.

—¡Roger! ¡¿Qué te pasa?! —gritó Pyp que saltó de la mesa inmediatamente y se colocó al lado de su hermano.

Los otros dos ratoncitos al oír el grito volvieron corriendo a la cocina. Al ver a su hermano entre los brazos de Mamá Ratón se quedaron paralizados.

—¿Roger? —pudo gesticular Joey.

—¡Rápido, ayudadme a llevarlo a mi cuarto! gritó Anya.

Entre todos lo llevaron al cuarto y empezaron a traer trapos para tapar la herida y con cuidado le sacaron el trozo de hierro a Roger. Le vendaron el costado y lo taparon bien. Esperaron horas a que se despertara. Jake le hizo una sopa a su madre, pero ella seguía al lado de la cama cogiendo la mano de Roger, con la vista puesta en ninguna parte.

Pasó un día entero y Anya no salía de la habitación ni tampoco comía. Sin que ella se percatara, Jake fue a una de las casas vecinas y le pidió comida a la familia Pérez. Era la familia de ratones con quien más tenía contacto la familia Ratón. Tenían una hija de la misma edad que Jake, y este se ponía colorado cada vez que la veía. Los padres de la familia Pérez al enterarse de lo ocurrido dieron gustosos la comida necesaria.

Por fin Roger se despertó a los dos días. Mamá Ratón lo abrazó y lo rodeo de besos. Los demás hermanos se echaron encima de él y casi lo aplastan. Cuando todos se tranquilizaron Roger empezó a contar qué le había pasado.

—Llevaba un buen trecho andando cuando empezó a llover. Estuve bastante rato refugiado, pero pensé que ya me había retrasado demasiado así que intenté continuar —en ese momento a Anya le entraron ganas de decir ‘Te lo dije’, pero se contuvo—. Cuando llegué ya al final de un jardín y salí a un descampado empezó a soplar un viento tan fuerte que casi me lleva por delante. Entonces, un rayo cayó al lado mía y derribó una torre de metal, de las que usan los humanos para comunicarse. Casi me aplastó, pero conseguí esquivarlo. No me di cuenta de que habían salido volando unos trozos de metal y uno se me clavó en el costado. Me decidí a volver aquí, apenas podía dar un paso y usé todas mis fuerzas para llegar a casa.

‘Sabía que no debía dejarle ir’, pensó Anya, pero ahora que estaba en casa no volvería a salir y estaría a salvo. De repente Roger empezó a toser de forma violenta, a Mamá Ratón se le dibujo una cara de preocupación y horror. Se percató que su hijo estaba pálido y con grandes ojeras. Le puso una mano en la frente y comprobó que estaba ardiendo.

—Tienes mucha fiebre, hay que ir a por medicinas.

—No, no vayas, estoy bien, podría pasarte algo.

—Solo voy a casa de los Pérez, tal vez  ellos tengan medicinas. Si no voy, podrías empeorar.

Roger volvió a toser, Anya le acarició la mano y salió disparada a casa de los vecinos. Una vez en el jardín, vio como la tormenta había pasado y ya solo caía una fina lluvia. Al estar tanto tiempo sin salir, el exceso de luz le obligó a entrecerrar los ojos. Aun así, siguió. Pasó por el agujero que daba al jardín vecino. Luego se adentró en un túnel hasta la puerta de la casita de los Pérez. Tocó la puerta y fue la hija quien abrió.

—Hola, señora, ¿qué tal? ¿Está Roger mejor?

—Hola, Mya, ¿están tus padres? Tengo que hablar con ellos urgentemente.

Mya la dejó pasar y llamó a sus padres. Una vez que Anya se tranquilizó un poco y se secó les explico lo que ocurría. Los padres Pérez se miraron preocupados.

—Lo siento Anya, pero… —empezó a hablar Maya, la madre.

—No nos quedan medicinas —terminó la frase Ben, el padre.

—¿Cómo? —dijo Anya nerviosa— ¿Cómo que no os queda? Pero hace tres días pasó el médico con las medicinas que trae de la farmacia de la ciudad, ¿no os dio nada?

—No, vino para decirnos que han cerrado la farmacia y que se les ha acabado el suministro de medicamentos —contestó Ben— Lo siento.

Anya se frotó nerviosa las manos, temblaba de arriba abajo. No se lo podía creer, todo se le estaba acumulando a la vez. Sin las medicinas necesarias, Roger se moriría delante suya y ningún humano del barrio tenía las medicinas que ella precisaba.

Se le empezaron a enrojecer los ojos. ‘¿Qué hago? ¿Qué hago? ¿Qué hago?’ se tiraba de los pelos y estaba a punto de echarse a llorar. ‘¿Por qué todo me pasa a mí?’. De repente se escuchó a alguien hablar.

—Hay un modo.

Todos giraron la mirada y vieron a Jake y Joey plantados en la puerta de la casita

—¡¿Qué hacéis aquí?! ¡¿Dónde están Roger y Pyp?! —gritó enfadada Mamá Ratón.

—Están en casa mamá, no les va a pasar nada —contestó Jake.

—Os dije que no salierais de casa.

—Anya —interrumpió Maya— Déjale hablar, por favor.

Hubo un largo silencio y entonces Jake empezó a hablar.

—Cuando vino el doctor hablé un rato con él y me dijo que habían cerrado la farmacia de los humanos, pero que en el almacén aún están los medicamentos. Me dijo que conocía a gente que podía entrar, pero que era peligroso y por eso lo ha dejado.

—¿Qué estás insinuando? —dijo Ben.

—Digo que yo voy a ir a por esos medicamentos.

—¿Qué? Ni hablar —dijo Mamá Ratón poniéndose en pie.

—¿Por qué no? Roger se muere y si no-

—¡Ya he perdido a tu padre y voy a perder a Roger, no voy a perder a nadie más! —gritó Anya tan fuerte que se escuchó por toda la casita.

Hubo un gran silencio y Mamá Ratón se volvió a sentar y empezó a llorar. Apretó la cara contra sus piernas y deseó despertar de esa pesadilla. Joey se acercó a ella y la abrazó, Jake seguía inmóvil.

—Muy bien, decidido —soltó Ben— Iré yo.

—Eso ni soñarlo —intervino Maya— ¿Te crees qué voy a dejar que vayas por ahí poniéndote en peligro?

—Pero, alguien tiene que ir, no podemos dejarle morir así, yo soy el único hombre mayor aquí y no se hable más.

—Yo iré —se metió Joey— Por algo es mi hermano.

—Eres muy pequeño —dijo Mya— Iremos Jake y yo, somos más jóvenes e iremos más rápido —mientras lo decía, se puso al lado de él.

—No, no puedo ponerte en peligro —dijo Jake mirándola fijamente.

Empezaron a discutir sobre quién estaba más capacitado o quién tenía más derecho a ir. Mientras, Anya seguía con la cara pegada a sus piernas mirando al suelo. ‘¿Por qué yo?’, pensaba ‘¿Qué he hecho yo para merecer esto?’. Su mundo se desmoronaba, Roger era lo más parecido a un apoyo que tenía desde que Jim murió y ahora… se iba a ir. ‘¡Despierta!’, oyó decir dentro de su cabeza, era una voz conocida, parecía la voz de su marido. Le decía que se levantara, que no servía de nada quedarse llorando. Una luz invadió el interior de Anya, alzo la cabeza y los vio a todos discutir. Se secó las lágrimas y entonces pensó ‘Ya basta, deja de comportarte como una niña, basta’.

—¡Basta! —gritó Anya haciendo que todo el mundo se callara al instante, todos la miraron estupefactos, ya no mostraba la cara de tristeza de una ratoncita con miedo, ahora era una madre decidida— Yo iré.



 

CAPÍTULO 4

Mamá Ratón ya había hecho todo el equipaje. Solo se llevaría una pequeña bolsa con la comida suficiente, lo bastante grande para luego llevar las medicinas que fueran necesarias. Además llevaba una capa morada que se la entregó su madre hacía mucho tiempo, en ese momento le dijo: ‘El morado representa el sacrificio y la sabiduría, no es solo para protegerte del frío, sino también para proteger a los demás’. Todos, incluso los Pérez, intentaron persuadirla, pero ella dijo firmemente.

—No, es algo que debo hacer sola. Me he pasado demasiado tiempo sentada, sin hacer nada, viendo como mi hijo enfermaba delante de mí, se acabó el hacer la perezosa.

Se despidió de sus hijos, menos de Roger, que estaba dormido y de todas formas no quería que su hijo supiera lo que iba a hacer, porque seguramente se habría negado. Les prometió a sus hijos que volvería pronto y pidió a Ben y a Maya que los cuidasen mientras ella se iba, no pudieron negárselo. Ben le dibujo un mapa de adónde tenía que ir y a quién tenía que ver para conseguir las medicinas. La farmacia se encontraba en el centro de la ciudad y desde donde estaba, las afueras, Anya tenía que coger un barco en las alcantarillas para llegar a la gran ciudad de los ratones, en las cloacas de la ciudad y una vez allí conseguir a un guía que le llevara a la farmacia, cerca de allí estaría el almacén con las medicinas. ‘Aunque parezca complejo y largo, todo el camino no debería durar mucho’, le había dicho Ben que ya había estado en la ciudad.

Al salir de casa se sintió muy pequeña al ver la enorme calle que se extendía ante ella. No se había alejado tanto de la casa en mucho tiempo, pero aun así respiró hondo y pensó ‘No mires hacia atrás, si no tu familia está perdida’. Con este pensamiento, se dirigió al primer sitio donde tenía que ir: a las alcantarillas.

Al llegar al borde de la acera, entró por una rendija que conducía a las cloacas. Continuó andando pegada a la pared, ya que todo el suelo estaba inundado de aguas residuales. Después de un buen rato andando llegó a un minipuerto improvisado sujeto a la pared. El puerto estaba formado por trozos de madera y basura (latas, botellas, envases…), pero solo había un barco anclado. En el barco, también hecho de basura, había un señor ratón dormido en una silla, seguramente era el barquero. Cuando llegó delante del barco tocó un timbre que había en una mesa. El barquero sobresaltado dio un brinco y estuvo a punto de caerse de la silla, miró fijamente a Mamá Ratón mientras se acariciaba su espeso bigote.

—¡Anda! Muy buenas señora, ¿viene a coger el barco?

—S-sí —dijo Anya nerviosa, nunca se había montado en un barco y no sabía muy bien cómo debía proceder.

—Pues suba, no creo que vaya a venir nadie más, últimamente la gente no va mucho al centro de la ciudad.

Anya subió y se sentó en el suelo. El barquero con accionar una serie de palancas puso en marcha el pequeño bote, que empezó a moverse lentamente por las aguas tranquilas y sucias de las alcantarillas. Una vez que ya llevaban un rato en movimiento Mamá Ratón preguntó:

—¿Por qué nadie va al centro de la ciudad?

—¡Puf! ¿Quién sabe señora? Unos dicen que por los gatos, otros que por las ratas, otros que por las fumigaciones, blablablá. En mi opinión —entonces el barquero se inclinó hacia ella y empezó a susurrar como si alguien pudiera oírlos—, creo que es por Mort.

—¿Mort? —preguntó extrañada.

—El mismo, un tipo desagradable dice la gente. Se dice que está controlando a las ratas y que se dedica a secuestrar ratones para experimentar con ellos. Nadie sabe muy bien qué es, si una rata, un gato o vete tú a saber qué, lo único cierto es que tiene aterrorizado a toda ciudad ratón y yo me huelo que va haber una guerra. Tenga mucho cuidado, las calles ya no son seguras.

Anya empezó a preguntarse por qué estaba allí, se preguntó si todo no había sido una horrible pesadilla, pero después recordó una frase que su madre le había dicho una vez ‘querida, no podemos cambiar las cosas que han pasado y tampoco podemos negarlas, solo nos queda enfrentarnos a ellas’. Entonces volvió a su mente la frase ‘No mires hacia atrás, si no tu familia está perdida’ y se le quitaron todas las dudas. Se hecho la manta por encima e intento descansar para el viaje que le esperaba. Soñó con su familia y con su casa, ahora estaba muy lejos de ella.



 

CAPÍTULO 5

—Señora, despierte, ya hemos llegado —le avisó el barquero.

Mamá Ratón se frotó los ojos para luego abrirlos como platos cuando vio la ciudad de los ratones. En una de las grandes galerías de las cloacas los ratones habían formado una enorme metrópolis hecha con todos los desperdicios de las alcantarillas. Había casas hechas con latas de conserva, escaleras de aluminio, puentes de lápices de madera, palillos dentales que formaban grandes estructuras. Todo parecía que estuviera a punto de caerse, pero tenía una cierta belleza que Anya no llegó a comprender. Había torres imposibles de latas de refresco, envoltorios de comida que servían como túneles y casas, trozos de metal que simulaban puentes, había casas sobre casas que se sostenían gracias a unos trozos de madera o de metal. Cualquier edificio disparatado que se os ocurra imaginar con basura seguramente estaba en esa ciudad en miniatura.

El barquero la dejó en un gran puerto donde había varios barcos. Después de despedirse del amable bigotudo y de pagarle con algo de comida empezó a buscar con la mirada a dónde debía ir. Pese a llevar un mapa tuvo que preguntar a varias personas por dónde debía ir, muchas de ellas le contestaron groseramente. ‘Es verdad que los ratones de ciudad son más antipáticos que los de campo’, pensó Anya.

Finalmente llegó a una casa destartalada en lo más profundo de la ciudad. Tocó tres veces como le indicó Ben y al rato salió un ratón rechoncho y bajito que se extrañó muchísimo de ver a una ratoncita tan hermosa tocando en su puerta.

—Eeem, ¿puedo ayudarla en algo?

—Sí, disculpe, venía a ver a un tal… —Anya consultó el nombre que le había dado Ben— Samuel.

—¡Sam, tienes visita!

Apareció en la puerta un ratón más joven que Anya y bastante atractivo. La estudio con la mirada y mostró una sonrisa pícara.

—Bueno, bueno, ¿Qué puedo hacer por ti, monada?

Anya se sonrojó un poco y se apresuró a contarle la misión que tenía. El tal Samuel cambió su cara de ligón a una cara de decepción al saber que tenía hijos.

—¿Quieres que te guíe hasta el centro de la ciudad? ¿A cambio de qué?

Sam volvió a mostrar la sonrisa picarona. Mamá Ratón cogió al vuelo sus intenciones y sacó una bolsa con varios objetos valiosos.

—Esto a cambio de que seas mi guía.

Sam volvió a decepcionarse. Ojeó la bolsa y asintió con la cabeza.

—De acuerdo, hecho, ¿cuándo quieres ir?

—Ahora —respondió seria.

—¿Ahora? ¿Así tan de sopetón?

—Si no quieres, devuélveme la bolsa y lo olvidamos.

Samuel se rascó la cabeza, echándole una mirada a la ratona entre extrañado y sorprendido. Acabó por acceder. Anya esperó en la puerta unos minutos y su guía salió listo para partir. Se dirigieron a una de las múltiples salidas de la ciudad. Por el camino, Mamá Ratón vio a muchos ratones que dormían en las calles y a otros que pedían limosna.

—¿Por qué hay tantos ratones sin casa? —preguntó ella horrorizada.

—Porqué seguramente no pueden pagar sus casas y los jefazos los han echado a la calle, es normal.

—¿Tú ves esto normal?

—Así son las cosas, guapa, si no puedes pagarte ni tú comida ni tu casa, no tienes ninguna de las dos cosas.

Entonces Anya vio a dos ratoncitos tapados con una manta pidiendo comida, se paró y les dio un poco de la suya. Sam negó con la cabeza.

—No importa que les des comida, no les durará mucho y seguirán teniendo hambre, mejor que te la guardes para ti.

—De donde yo vengo, eso nunca se haría.

—Entonces has vivido en un árbol, porque la vida es así.

Llegaron a un pequeño túnel en las afueras de la ciudad, donde había una especie de puesto de guardias.

—¿Adónde vais? ¿sabéis que es peligroso salir a estas horas y está prohibido? —dijo uno de los guardias, que al parecer era el jefe.

Sam se acercó a él y le dio la mano, le susurro algo al oído y entre risas el guardia jefe les dejó pasar. Cuando se hubieron alejado un buen trecho del puesto, Anya miró extrañada a Sam y le preguntó:

—¿Por qué está prohibido salir?

—Supuestamente es para mantener a la población a salvo, pero en realidad es por si nos atacan las ratas, si mantienen a la población suficiente aquí nuestro número será suficiente para vencerlas.

Después de otro rato andando, Mamá Ratón preguntó:

—¿Qué le has dicho al guardia para que nos deje pasar?

—Le he sobornado con comida, conozco a ese hombre y su familia pasa mucha hambre y él no consigue lo suficiente para alimentarlos.

—Lo has usado —pese a que Sam había ayudado al guardia, Anya solo podía ver que él se había aprovechado de la situación del pobre ratón.

—Míralo por el lado positivo, su familia comerá hoy.

—Has usado su miseria para aprovecharte de él.

—No seas tan dramática, además, hemos pasado, ¿no? Eso es lo único que debería importarte.




CAPÍTULO 6

Si Mamá Ratón se había quedado con la boca abierta con la ciudad casera de los ratones, se quedó sin habla al ver los grandes edificios de la ciudad de lo humanos. Había oído historias de los rascacielos que se habían empezado a construir por toda la ciudad, pero lo que se extendía delante de ella no se lo habría imaginado ni en sus más descabellados sueños. Era una jungla de cristal y acero.

Llovía a cántaros, así que tuvieron que refugiarse en una tienda abandonada. Anya miraba a través de una ventana mientras Sam encendía un pequeño fuego para calentarse. Mientras comían a ella le vino una idea a la cabeza.

—¿Has venido conmigo para librarte de que te recluten para pelear con las ratas?

Sam alzó la mirada de su comida y la miro un rato largo.

—No fue solo por eso, pero sí, no me juzgues.

—No lo hago.

—Hago lo que puedo para sobrevivir, ¿vale? Lo que sea.

Después de comer Sam aconsejó dormir un poco, aún le quedaban un buen camino por delante. ‘¿Dormir? ¿Cómo quieres que duerma si mi hijo se está muriendo?’, pensó Anya. Finalmente consiguió cerrar los ojos y dormir un poco, pero al rato sintió algo tapándole la boca y abrió los ojos alterada. Era Sam que con un gesto de la mano le decía que guardara silencio. Se quedaron en silencio un rato hasta que Mamá Ratón pudo oír algo.

—Lo huelo, carne de ratón.

—Prefiero de rata, tienen más chicha.

—Y más gérmenes.

A Samuel se le erizaron todos los pelos del cuerpo. Miró a la ratoncita y movió los labios como pronunciando una palabra, pero sin emitir sonido. Anya pudo leerle los labios. ‘Gatos’. Con cuidado recogieron todas sus cosas. Sam le dijo a Mamá Ratón que saldrían por un pequeño agujero en el otro lado de la tienda. Silenciosamente fueron yendo de mesa en mesa hasta llegar al otro lado de la tienda. El guía estuvo atento constantemente al suelo pero no vio ningún rastro de los gatos.

Cuando iban a saltar a la última mesa que daba a la salida Anya se paró en seco. Sam la miró estupefacto y con la mirada decía ‘Pero ¿qué haces? Muévete’. La ratoncita olisqueó el aire y olió algo, dio unos pasos hacia atrás horrorizada. Los gatos, que se encontraban escondidos debajo de la mesa, saltaron encima de ellos, casi sin estos poder reaccionar. Sam, con gran habilidad, dio una voltereta y esquivó el zarpazo de un gato negro. Anya, ya acostumbrada a los ataque de Salem, dio un paso hacia un lado esquivando la dentellada de un gato gris.

Los dos ratones salieron corriendo hacia la salida mientras los tres gatos les perseguían. Uno blanco saltó sobre Sam y le agarró entre sus zarpas. Pero a Anya no consiguieron alcanzarla. Se dio la vuelta y vio como los tres felinos rodeaban a su guía. Vio la cara horrorizada de Sam que la estaba mirando. Entonces le pareció ver a Jim en su rostro. Rápidamente sacó un pequeño pedernal que le había dado Samuel y le prendió fuego a un palo, se dirigió hacia los gatos con el palo de fuego, en alto, los gatos la vieron y se echaron hacia atrás asustados.

—¡Atrás! ¡Largaos! —gritaba la ratoncita.

—Será mejor que sueltes eso, te podrías hacer daño —habló el gato blanco.

—Suéltalo o te partimos tu lindo cuello —soltó uno negro.

—Khan, no estás ayudando —volvió a decir el blanco.

—No tengo que ser gentil con esta cucaracha, se atreve a amenazarnos con fuego, ¿desde cuándo los ratones tienen fuego? Me la comeré sin ni siquiera masticar.

—Inténtalo y te quedas sin ojo —Anya se mostraba muy decidida e intentaba no temblar.

—Vaaale, tranquilicémonos todos —dijo el gris que parecía el jefe y el punto medio entre el los otros dos felinos— Baja eso y hablaremos.

—Ni hablar, largaos o-

—¡Jajaja! —el gris tenía una voz aterradora— ¿O qué? Lo siento, señorita, pero no estás en situación de amenazarnos.

A Mamá Ratón le temblaban las patas delanteras y le costaba mantener el palo de fuego en alto, pero intento no amedrentarse.

—Tienes razón, no puedo hacer nada. Seguramente me comeréis si me atacáis los tres a la vez, pero os juro que antes de eso le clavaré este palo en el ojo a uno de vosotros tan hondo que no sobrevivirá. Así que, venga, ¿quién será el afortunado?

Los tres gatos se miraron entre sí, entonces habló el gato blanco:

—No vale la pena arriesgarse por un bocado tan pequeño jefe.

—Mmm, tienes razón —dijo el gris— Tú, ratoncita, eres muy valiente, lo reconozco, pero como sigas merodeando por aquí te juro que te mataremos.

Con ágiles movimientos los tres gatos salieron de la tienda. Sam se levantó y miró a Anya.

—Guau, impresionante, nunca había visto a nadie enfrentarse así a unos gatos.

Mamá Ratón se dejó caer sin fuerzas y soltó la antorcha. Le latía el corazón a mil y le temblaba todo el cuerpo. Samuel le miraba, aún tumbado en el suelo, con una cara entre asombro y horrorizado por lo ocurrido. La ratona hizo un gran esfuerzo para hablar:

—Será mejor que nos pongamos en movimiento, cuánto antes termine esta pesadilla, antes podré volver a casa.




CAPÍTULO 7

Por fin estaban allí. Mamá Ratón se encontraba delante de la farmacia. No era de extrañar que el suministro hubiera parado. La farmacia había sufrido desperfectos, provocado probablemente por la tormenta de hace unos días, y la habían tenido que cerrar. Los humanos no habían tardado mucho en llenarla de extraños dibujos y pinturas. Había dejado de llover pero aún había una gran nube que cubría todo el cielo. Anya no se lo podía creer, ‘He llegado, por fin’.

—¿Y ahora qué? —preguntó impaciente.

—Ahora toca separarnos —dijo Samuel

—¿Qué? Pero ¿no vas a acompañarme?

—Lo siento yo solo soy un guía, no tengo las llaves para entrar al almacén. Cerca de aquí hay un amigo mío, es el que suministra a todo el mundo de medicinas. —metió su mano en la mochila y sacó un papel— Aquí está su dirección y una nota, dásela y te dará una contraseña y otra dirección que te conduce a quien tiene las llaves. Entra en el almacén, dile la contraseña y dale algo a cambio, te conducirá al almacén.

—¿Por qué tantos intermediarios?

—Así despistan a las ratas, llevan mucho tiempo queriendo hacerse con los suministros de los ratones.

—¿Y funciona?

—Por ahora sí. Bueno, adiós, monada- Anya —le tendió la mano y la ratoncita se la apretó fuertemente—. Si quieres, algún día, pásate por mi casa, me gustaría enseñarte algunos sitios muy bonitos de la ciudad.

Anya sonrió y le dio un beso en la mejilla.

—Lo siento, Sam, estoy casada con alguien y siempre lo estaré.

—Jejeje, bueno había que intentarlo, tranquila, hay muchas ratoncitas en el mar, ¿quién se podría resistir a mi encanto?

Después de despedirse, Mamá Ratón fue lo más rápido posible a la casa del mercader de medicinas. Su casa se encontraba detrás de un restaurante humano. Entró por un agujero al lado de un contenedor de basura. Al final del túnel había una puerta, la tocó y apareció un ratoncito pequeño y regordete, con cara de pocos amigos.

—¿Qué demonios quieres? —soltó el gordito.

—Busco a tu padre —Anya se quedó consternada por los pocos modales del crío.

—¡Papá, una tía fea te busca!

Anya entró en la casa. Sin duda era mucho más grande que la suya, tenía muebles muy bien tallados y las salas que lo formaban estaban muy bien cavadas. Las paredes en vez de ser de tierra fría, como en su casa, eran de madera y piedra, con arcos en los marcos de las puertas. Del techo colgaban unas lámparas que iluminaban toda la casa. ‘Electricidad propia’ pensó Anya asombrada. En las paredes había diversos cuadros de la familia y adornos que parecían muy caros. Mamá Ratón sentía un poco de envidia, pero viendo los modales del niño y comparándolos con sus hijos se sintió agradecida de no haber criado a un crío tan odioso. Vio que la madre estaba tumbada en el sofá mientras veía un programa en una minitele, que a saber de dónde la había conseguido. Mientras el ratoncito estaba tirado en el suelo comiendo un puñado de dulces que la mayoría acababan en la alfombra. Mamá Ratón se le quedó mirando, seguramente se pasaría todo el día tirado allí comiendo. El gordito se percató de que le estaba mirando y dijo frunciendo el ceño:

—¿Qué miras, vieja?

Anya volvió a quedarse estupefacta, en ese momento entró el padre en la sala de estar.

—¿Quién eres y qué quieres? —el tipo llevaba un traje a medida pero tenía unas profundas ojeras.

—Disculpe, quién soy no importa ahora mismo, pero vengo a por unas medicinas, por favor.

—La farmacia cerró hace unos días, ¿es que no oye las noticias?

—Lo sé, por eso le traigo esto —le entregó la nota y el padre la leyó detenidamente y luego le miró a los ojos.

—Allá tú, es tu funeral.

Se fue un momento y volvió con una nota donde le indicaba el lugar, la contraseña y el nombre del ratón que debía guiarla.

—Muchas gracias. —miró de reojo al gordito— Por cierto debería enseñarle modales a su hijo.

—Métete en tus asuntos y no me digas cómo debo cuidar a mi hijo, ahora lárgate de aquí.

Anya encantada se fue de ese sitio. Releyó el nombre que ponía en la nota. Brian era quien tenía la llave y no estaba muy lejos de allí. ‘Cada vez me falta menos, por favor, Roger, aguanta’.




 

CAPÍTULO 8

Por el camino, encontró un bar de ratones al lado de una licorería humana, en un agujero al lado de la misma entrada que el bar de humanos. Se sentía hambrienta y tenía sed, así que entró en el bar. Dentro había un ambiente oscuro y silencioso, todos miraban fijamente a sus vasos como mirando el vacío. Las únicas conversaciones que se oían venían del fondo del bar, en las mesas donde se jugaba a diversos juegos de cartas. La ratoncita pidió algo barato para comer y un poco de agua, que pagó con algunos objetos valiosos que se trajo de su casa. Algunos ya le habían echado el ojo encima y habían deducido que no era de allí. Estuvo un buen rato comiendo en la barra, incluso algunos ratones se acercaron a ella para invitarla a una copa, pero ella los rechazaba educadamente.

No mucho después de que Anya terminara de comer aparecieron por la puerta tres enormes ratas. En comparación con los ratones las ratas parecían adultos frente a unos niños, incluso debían agacharse un poco para que su cabeza no rozara el techo. Había una de color marrón, otra de color gris oscuro y otra gris con manchas negras que además tenía una cicatriz que le recorría la cara. Todo el mundo al verlos agachó la cabeza de inmediato y se quedaron mirando a sus mesas. Se hizo el silencio. Las ratas sonrieron orgullosas y avanzaron lentamente hasta el otro extremo del bar, tocaron varias veces en una puerta y entraron. Al irse las ratas empezó la gente a murmurar entre sí.

Mamá Ratón se había quedado paralizada. Había agarrado tan fuerte el vaso que casi lo rompe. Había visto a las ratas por el rabillo del ojo, no se atrevió a mirarlas de frente. Las ratas le producían un miedo y una repulsión más fuete que los gatos. Ella pensaba que los gatos cazaban ratones por supervivencia, en cambio las ratas mataban por placer. Eran sucias, groseras, engreídas y no tenían consideración por nada a su alrededor, o al menos eso siempre había oído. Anya recordó una vez cuando se coló una rata dentro de la gran casa de los humanos. Jim la persiguió para que no alterara a los humanos, ya que habría sido fatal para su familia. La rata entró en la casita de los ratones y estuvo a punto de matar al pequeño Joey, aun cuando era una cría. Mamá Ratón nunca olvidaría la expresión de la rata cuando la pilló en el pasillo de su casita intentando entrar en el cuarto de Joey. La rata mostró una sonrisa de locura, una sonrisa tenebrosa. Lentamente la rata se acercó a ella mientras se ponía un dedo delante de la boca en señal de que guardara silencio, siempre con esa sonrisa de dientes afilados. Por suerte apareció Jim y con su alfiler acabó con la rata. Ese día mamá aprendió a no quedarse paralizada en situaciones así.

La ratoncita despejó esos pensamientos y echó un vistazo al bar. Algunos ratones empezaban a irse nerviosamente. La presencia de las ratas en el bar no era buena señal. Cuando Anya iba a irse, también se escuchó un golpe y la rata marrón tiró la puerta trasera de una patada y dijo a toda voz:

—¡Alto escoria, de aquí no se va nadie hasta que nosotros lo digamos!

Todos los ratones se quedaron quietos. Salieron las otras dos ratas y la que tenía la cicatriz dijo:

—Muy bien, panda de cucarachas, sabemos que uno de los que estáis aquí se chivó de nuestro ataque a la ciudad de los ratones, que hable ahora mismo o nadie saldrá vivo de aquí, os lo prometo.

Se hizo el silencio absoluto. Todos los ratones estaban temblando y a algunos les caía una gota de sudor por la frente. Se miraban unos a otros en busca de alguien a quién culpar.

—De acuerdo, vosotros lo habéis querido.

La rata con la cicatriz, que parecía el jefe, cogió del brazo al ratón que más cerca tenía y lo lanzó contra el suelo, le puso una de sus grandes patas en la cabeza y empezó a apretar. El pobre ratón empezó a gritar de dolor y la gente del bar empezaron a gritar: ‘Fue este’, ‘Fue aquel’, ‘Fue uno que se acaba de ir’, etc. Mamá Ratón observaba la escena con horror, si no hacía algo un ratón inocente iba a morir. Extirpando todo el miedo que tenía, como si de una espina se tratara, se dirigió a la rata jefe:

—¡Basta! Para, él no ha hecho nada, déjale.

—¡¿Quién te crees que eres para dirigirme la palabra, insecto?!

El jefe la golpeó tan fuerte que la mandó varios centímetros hacia atrás. Anya cayó de bruces contra el suelo. Después de eso se volvió a hacer el silencio. La rata de la cicatriz volvió a centrar su atención en su víctima. Cada vez le apretaba más y más, pero de repente se escuchó:

—Basta, déjalo en paz o te arrepentirás.

Las ratas dirigieron su mirada a Mamá Ratón. Esta se había puesto en pie. Tenía el ojo morado y le sangraba un poco el labio.

—¿Has dicho algo? —preguntó la rata jefe sorprendido.

—He dicho que le dejéis en paz, si no quieres arrepentirte para el resto de tu vida.

Las ratas se quedaron estupefactas, no se lo podían creer, esa insignificante ratoncita les estaba plantando cara. La rata jefe, que se llamaba Mog, se acercó a ella hasta estar enfrente de la ratona, la diferencia de altura era considerable. Mog se tranquilizó un poco y dejó que siguiera hablando:

—¿A qué te refieres con que me arrepentiré, insecto?

—Me refiero a que te arrepentirás si crees que matarnos a todos es una buena idea.

—¿Y qué? ¿Piensas que nos importa que los ratones de la ciudad sepan que hemos sido nosotros? Así nos temerán.

—Eso ya me lo imaginaba, pero me pregunto cuando la ciudad de los ratones se entere de lo que habéis hecho, ¿qué crees que harán? No dudarán en atacar a las ratas.

—¡Ja!, ¿y qué? No nos dan miedo unos cuantos ratoncitos, acabaremos con todos.

—¿Estás seguro? —Anya apostó todo a una idea que había tenido hablando con Sam— según he escuchado por ahí habéis atacado a la ciudad de los ratones por sorpresa, porque no podéis enfrentaros en un cara a cara con ellos. Os superan en número y lo sabéis, si nos matáis os atacarán y os vencerán.

Las ratas se quedaron calladas. La rata gris oscura dijo, con una voz bastante simplona:

—Jefe, ¿cómo sabe todo eso? Eso es lo que nos dijo-

—¡Cállate, estúpido! —gritó furioso Mog, después de un rato pensando ordenó soltar al ratón y miró a Anya sonriendo— Jajaja, tienes agallas. Él querrá verte.

Con un rápido movimiento agarró a Mamá Ratón del brazo y se la echó al hombro. Las ratas salieron disparadas del bar, excepto la rata marrón, que se quedó en el bar para asegurarse que nadie se iba de la lengua.




CAPÍTULO 9

La guarida de las ratas no estaba muy lejos de allí, se encontraba en uno de los túneles de las alcantarillas. Era un lugar sucio, húmedo y oscuro. Mog condujo a la ratoncita por un montón de túneles pequeños que subían y bajaban y se dividían como si fueran las ramas de un árbol. Los túneles donde habitaban las ratas eran muy pequeños comparados con las grandes galerías de la ciudad de los ratones. Los largos pasillos de túneles tenían a sus lados pequeños agujeros que las ratas usaban de casas, dormían apiladas en unas condiciones pésimas. Otras cámaras eran comercios de comida y otras se usaban de celdas para los ratones que secuestraban.

Llegaron a una sala más grande donde se encontraban unas ratas de más alto rango. Atravesaron una gran puerta de metal que daba a una gran habitación, bastante acogedora y bien adornada. Había estanterías llenas de libritos que cubrían todas las paredes. En el centro de la habitación había una mesa de piedra con un mapa de las alcantarillas. Los sillones y sillas se disponían alrededor de esta mesa. Al entrar, Mog cerró la puerta tras de sí y empujó a la ratoncita al centro de la habitación. Alrededor de la mesa de piedra había cinco ratas que miraban el mapa y parecía que planeaban el ataque a la ciudad de los ratones. Al otro extremo de la habitación había alguien sentado en una butaca de espaldas, al lado de una chimenea improvisada. Las ratas advirtieron la presencia de Mog y de su acompañante.

—Estúpido, pero ¿qué es esto? ¿Por qué traes a un ratón a nuestra reunión? —dijo una rata bastante gordinflona.

—Lo siento jefe, pero es que ha habido un problema en el bar y esta escoria me ha llamado la atención.

Mog contó todo lo que había sucedido en el bar. Uno de los jefes rata que había allí reunidos, uno muy grande y fuerte, se acercó a Mog, le dio un golpe que lo tiró contra la pared.

—Serás inútil, casi nos estropeas el plan, te dijimos que fueras a ese bar a averiguar quién fue el soplón y a conseguir nuevos espías, no a que montes una pelea. ¿Qué crees que hubiera pasado si hubieses acabado con todos esos ratones? No debemos llamar la atención, debemos pasar desapercibidos para que se olviden de nosotros. Fuera de mi vista.

Mog puso pies en polvorosa. Anya se quedó a solas junto a todas esas ratas. El corazón le latía muy fuerte. Las ratas le sacaban varias cabezas de altura, pero intentó no amedrentarse.

—¿Qué vais a hacer conmigo?

Las cinco ratas se miraron entre sí y empezaron a deliberar en voz baja para que la ratoncita no les escuchara.

—Dejadnos a solas —se escuchó decir a una voz muy grave que venía del fondo de la habitación.

Todas las ratas se fueron. El extraño personaje de la butaca se levantó y se dirigió hacia Mamá Ratón. Se trataba de una rata enorme, totalmente negra y de aspecto muy viejo, pero aun así era de un tamaño colosal para la pequeña ratona. En ese momento se le pasó por la mente los rumores que le había dicho el barquero el día que salió de casa, así que no pudo evitar preguntar.

—¿E-eres Mort?

La enorme rata abrió de par en par los ojos. Los enormes ojos blancos no tenían ni pupila ni iris, mostraban solamente un blanco abismal, era como ver algo hermoso y terrorífico a la vez. Anya creyó que la rata era ciega, pero parecía que no. Ante la pregunta de la ratoncita la rata se echó a reír con una carcajada tan grave como su voz.

—Vaya es verdad que eres avispada ratoncita, pero no querida, no soy Mort. Soy Han, líder de las ratas, el tal Mort no existe.

—Pero yo escuché que-

—¡Exacto! escuchaste, oíste rumores, pero rumores de un nombre, no de alguien real.

—Disculpe, no le entiendo.

—Verás, yo cree el personaje de Mort para infundir miedo y terror en los ratones, para que temieran a un nombre.

—¿P-por qué?

—Porque, querida, el temor a alguien real desaparece cuando este muere, pero el terror a un nombre permanece en la mente de los débiles. No es solo un nombre, es una idea y las ideas nunca desaparecen.

Han empezó a andar alrededor de la amplia habitación. Mamá Ratón no había entendido muy bien a la rata, hablaba muy raro, pero aun así se tranquilizó y se le fue el miedo que tenía acumulado, parecía bastante culto. Se acercó a la rata con un poco de confianza y le preguntó:

—Entonces, ¿es falso lo de los secuestros y los experimentos?

Han se quedó mirando al vacío en silencio, luego giró la cabeza y la miró.

—No puedes infundir el miedo sin una acción, pequeña. La idea sola no es suficiente, pero una vez que se siembra la semilla del miedo en la mente de alguien, esta se extiende como una enfermedad.

—¿Experimenta con ratones? ¿Para qué?

—Como bien sabes querida, no nos podemos enfrentar a los ratones directamente. Somos más grandes y fuertes, eso es cierto, pero ellos nos superan en número en una proporción de diez a uno. Leí todos estos libros para buscar una forma de hacer a mi gente más fuerte, cualquier cosa. Encontré una serie de fórmulas, de experimentos que nos darían una oportunidad contra ellos, pero los experimentos fracasaron y solo conseguí modificar mi cuerpo. Soy lo que he hecho de mí.

—Pero ¿por qué experimentar con ratones, por qué torturarlos, por qué quieres destruir la ciudad? ¿No puedes dejarlos tranquilos?

—¡Nunca! —gritó furioso Han, Anya se echó hacia atrás asustada, la rata casi se le echa encima— ¡Has visto en qué condiciones vivimos, hace mucho tiempo mi gente intentó instalarse con los ratones en la única zona limpia y apta para vivir en las alcantarillas, pero estos se negaron y nos expulsaron, nos obligaron a vivir como despojos y ahora nos llaman asesinos. Desde ese día mi pueblo prometió vengarse de los ratones.

Han se calmó después de un rato. Volvió a sentarse en su butaca mirando fijamente el fuego de la chimenea. Su mirada y su respiración mostraban a una persona cansada, una persona que había pasado por mucho y que ya le costaba vivir. Ya había vivido demasiado, a decir verdad, más de lo que podían vivir las ratas. Después de un rato de silencio la ratoncita se atrevió a hablar.

—¿Qué va a ser de mí?

—Te dejaré ir, has demostrado ser una ratona inteligente y prudente, a diferencia de todos los otros ratones. Además noto que tu objetivo aquí no es una misión egoísta ni en defensa de esos arrogantes ratones, es para proteger a tu familia y eso es muy noble. Puedes irte, pero con una condición, debes ir a la ciudad de ratones y decirles a sus líderes que las ratas se marchan de estos túneles, pero que no nos sigan, que nos dejen en paz. Ya hemos sufrido bastante.

Anya se preguntó cómo sabía Han la misión que tenía, pero intentó no darle vueltas. Se le acercó ya sin ningún miedo y se dirigió a él sabiendo que hablaba, no con alguien temible sino con alguien agotado y harto de la vida.

—¿Cómo estás tan seguro de que lo haré?

—Jajaja. ¡Oh! lo harás, querida, sé muy bien que lo harás.




CAPÍTULO 10

El encuentro con Han le había chocado mucho a Anya. Siempre había creído que las ratas eran seres despreciables, pero nunca había imaginado que se iba a encontrar con una tan atormentada como Han. Una vez en la superficie, a Mamá Ratón le costó orientarse y averiguar dónde se encontraba. Era casi de noche, así que decidió dormir en algún rincón de una callejuela.

A la mañana siguiente volvió a retomar el camino hacia la casa de Brian, el que tenía la llave del almacén. Caía una fina lluvia pero para el tamaño de Anya parecían goterones, así que se tuvo que resguardar debajo del toldo de una tienda, se tumbó encima de un cubo de basura y se tapó con su manta. Pasó el tiempo y no paraba de llover, decidió echarse un rato y descansar, se  sentía agotada. Al cerrar los ojos empezó a soñar con su familia, bueno, más bien, tuvo una pesadilla. Soñó que Roger acababa muriendo por la enfermedad, Jake, Joey y Pyp se quedaban solos y a ella se la comía una criatura infernal, mitad gato y mitad rata negra. Se despertó de un sobresalto y entonces escuchó un ruido y miró al otro lado de la calle. Vio allí enfrente a los tres gatos que le habían atacado a ella y a Sam. El de color gris se adelantó y la miró fijamente.

—Te lo dije, te dije que si te volvía a ver acabaría contigo.

La lluvia seguía cayendo, pero eso a los gatos parecía darles igual, el gato gris quería vengarse. Rápidamente los gatos cruzaron la calle en unos pocos saltos y se abalanzaron sobre Anya. Ella saltó inmediatamente al suelo al mismo tiempo que los gatos se subían al cubo de basura. Sin tiempo para pensar, giró hacia la derecha y corrió en esa dirección. El líder de los gatos empezó a perseguirla. Mamá Ratón giró en la primera esquina que encontró y se metió en un callejón. Se coló por debajo de un contenedor de basura, el gato gris metió sus patas e intento agarrarla con sus zarpas. La ratona aprovechó una oportunidad y le dio un mordisco. El gato chilló de dolor y ella aprovechó para huir, pero al llegar al final de la calle, se dio cuenta de que se encontraba en un callejón sin salida. Antes de que los otros dos gatos se echaran encima de Anya, su jefe les ordenó que no atacaran y mientras se lamía la pata dijo:

—Dejádmela, esto es personal.

Se acercó lentamente a ella. Anya miró a todos los lados, buscando desesperadamente una salida, pero no había ninguna. Seguía lloviendo sin parar. Miró hacía el cielo buscando una salvación, pero no llegó. ‘Después de todo por lo que he pasado, ¿es así cómo va a acabar?’. Pero entonces volvió a sonar una voz en su interior que decía ‘Lucha, nunca te rindas, lucha’. Pero esta voz no era la de Jim, era otra voz muy conocida, era su voz. Entonces, Mamá Ratón lo comprendió, todas las veces que había escuchado una voz en su interior no había sido la de Jim, fue su propia voz la que la animaba a luchar, a no rendirse y a enfrentarse a sus propios miedos. Esta voz estaba alimentada por el recuerdo de su marido y de sus hijos, por la seguridad de su familia.

Entonces, bajó la mirada del cielo y miró fijamente al gato, ya sin ninguna nube en sus ojos. Esta mirada hizo que el gato se parara en seco. ‘Tú puedes Anya’ se dijo a sí misma. ‘Todos los gatos atacan de la misma forma, saltando y con las zarpas por delante, puedes hacerlo, Salem siempre lo hace así’. Pasaron unos segundos mirándose fijamente. De repente, el gato saltó hacia ella con las zarpas estiradas. Anya, ya acostumbrada a los ataques de Salem cuando ella hacía las “partidas”, se adelantó al gato gris. Agachándose se coló entre sus patas, recibiendo un arañazo en el brazo, y con velocidad asombrosa saltó hacia la cara del felino, de un mordisco le arrancó un ojo y de un arañazo le inutilizó el otro. El gato cayó de bruces en el suelo y se retorció de dolor. Los otros dos gatos que contemplaron la escena se quedaron estupefactos. Sostuvieron la mirada unos segundos con la de la poderosa ratoncita. Al final se miraron entre sí y asintieron a la vez. Salieron corriendo por patas. Mamá Ratón se acercó al gris y le dijo:

—Y yo te dije que si me atacabas acabarías sin ojos.

Giró en redondo y se fue. Caminó bajo la lluvia, casi inconsciente. Del arañazo que le había hecho el gato fluía un poco de sangre. Las finas gotas de lluvia le caían sobre la cabeza y la empapaban. Andaba sin andar, veía sin ver, respiraba sin respirar.

Al cabo de un rato vio a lo lejos la casa de Brian. ‘Por fin’, pensó ‘Solo unos pasos más’. Los últimos cinco metros se le hicieron eternos. Cada paso le costaba horrores y a punto estuvo de desmayarse, pero no se detuvo, no tan cerca. Después de un buen rato, llegó por fin a la casa y tocó la puerta. Brian, un ratón de color amarillento, se asomó por la puerta y vio el estado de la pobre madre: el ojo morado, con un corte en el brazo, sucia y empapada.

—¿Pero qué-? —dijo Brian consternado.

—Almacén, medicinas, mi hijo —fue lo único que pudo articular antes de desvanecerse y caer al suelo.




EPÍLOGO

Pyp corría por el campo junto a su hermano Joey. Los dos mostraban una gran sonrisa de oreja a oreja. Era la primera vez en mucho tiempo que reían. En el porche se encontraban Roger y Jake, este también reía al ver a sus dos hermanos corretear por el campo. Roger le miró muy contento. Por detrás de ellos apareció el perro de la granja, Max, un sabueso un tanto mayor, pero muy hospitalario.

—Jajaja, estos chicos, se ve que se lo pasan bien.

—Sí, es agradable verlos contentos, hace mucho que no los veía así, desde lo de mamá, estaban muy tristes —dijo Roger, que ya se había recuperado completamente.

—Pero bueno no importa, estáis en vuestra casa, si necesitáis algo decídmelo, estoy siempre aquí en el porche.

—Muchísimas gracias, Max —le dijo Jake—. No sabe lo que significa esto para nosotros.

—Ni lo menciones, soy débil a los niños —soltó una profunda carcajada— Pero dejémonos ya de agradecimientos, id a vuestra nueva casa y descansad, habéis pasado por mucho.

La nueva casa se encontraba a unos diez metros del granero, en los campos donde no se cultivaba. Estaba a la sombra de un gran árbol y era una acumulación de ladrillos llenos de tierra con lo que se formaba una casa protegida de la lluvia y resistente a los vientos. Todos los hermanos entraron en su casa. Mientras Jake preparaba la comida y los dos hermanos más pequeños se peleaban por ver quién presidía la mesa. Roger fue hacia un cuarto en concreto. Tocó la puerta y pregunto.

—¿Se puede?

—Por supuesto —dijo Mamá Ratón sonriendo.

Estaba sentada en una butaca mientras miraba por una ventana, tenía unas vistas magníficas de todo el campo. Llevaba un brazo vendado, pero había recobrado el color después de varios días enferma.

Después de conseguir las medicinas en el almacén sin ningún problema, Mamá Ratón hizo todo el camino de vuelta sin ningún contratiempo. Al llegar a casa, sus hijos se horrorizaron del estado en que llegó, enferma y casi desnutrida. Los pequeños de la casa se echaron a llorar por días, pero después de que Roger se recuperara y de que se terminaran las tormentas fueron lo antes posible a la granja, donde Anya se recuperó completamente. La familia Pérez no pudo dejar su casa, así que se quedaron allí.

Roger se acercó a ella y se sentó en la cama, al lado de ella. La tomó de la mano y la miró a los ojos y después a las vistas de la ventana.

—Por fin, un sitio en paz, a papá le hubiera encantado este sitio.

—Sin dudarlo —dijo ella mirando también por la ventana.

—Has llegado al final por fin, no ha sido fácil.

Anya le miró a los ojos mientras le recorría una lágrima por la mejilla.

—Menos fácil de lo que crees, de eso puedes estar seguro.

Se abrazaron y en ese momento aparecieron los otros tres hermanos. Saltaron sobre la cama y se unieron al abrazo. Pyp hinchaba los mofletes mientras Joey le gastaba unas bromas y Jake, después de mucho tiempo, por fin sonreía y reía a pleno pulmón. Roger sonreía también. Volvió a mirar a Mamá Ratón.

—¿Ha valido la pena?

Mamá Ratón, sonriendo y llorando de alegría le miró a los ojos y dijo:

—Siempre vale la pena.




Dedicado a todas esas madres que son capaces de

 mover cielo y tierra por sus hijos.





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