El irlandés
La rana le
preguntó al escorpión "¿Por qué me has picado? ahora moriremos los dos en
este río". A lo que el escorpión respondió: "Lo siento, no puedo
evitarlo, es mi naturaleza".
—Para mí será… Un vino, del más caro
que tenga —quería parecer un hombre adinerado y seguramente lo había conseguido—
¿Y tú?
—Oh, no gracias, no bebo —dijo ella.
"Mmh... no bebe ¿eh?, me
gusta" pensó él. El camarero se retiró para dejarlos a solas. Él era un
hombre de estatura media, fuerte y de pelo negro. Ella hermosa como la luna
llena y con la cabellera larga y morena. Él pensaba que era como un ángel, se
perdía en sus enormes ojos marrones y su voz angelical.
—Y entonces, ¿a qué te dedicas? —preguntó ella.
Salió de sus pensamientos y contestó lo único que había escuchado.
—Bueno hago trabajillos aquí y allá, como vendedor y asesor.
Se puede decir que ayudo a diferentes personas, les soluciono sus problemas con
la venta de algún producto o propiedad —había repetido la media-verdad tantas
veces que ya se la sabía de memoria— Por ejemplo hace poco ayude a un cliente a
vender el viejo matadero Happy Lamb.
Mientras decía esta mentira recordaba cómo no hace mucho
había torturado a un chivato de la Familia en el mismo matadero. Le había
arrancado las uñas de los pies y de las manos con unos alicates mientras que
con una droga especial le había mantenido todo el rato consciente y con los
sentidos muy agudizados.
—Incluso cerré una venta con unos importantes empresarios húngaros
—podía excederse con las mentiras, él pensaba que la chica no sería tan lista
para investigar esas afirmaciones.
En ese momento recordó cómo le había "cerrado"
literalmente la boca a un húngaro que hacía competencia a la Familia y le había
llamado cerdo irlandés. Le electrocutó varias veces en las cloacas de la ciudad
y le cosió la boca con alambre, para luego colgarlo enfrente de la casa de la
familia rival, como advertencia.
—Vaya entonces eres un hombre importante.
¾Bueno, se puede decir que un poco
si —rompió a reír mientras decía otra mentira. Ella le acompañó en la
carcajada.
—Eso es bueno, hoy en día cuesta encontrar a un hombre
verdaderamente centrado en su trabajo —sus ojos.
—Siempre he querido llevar una vida estable y normal y no lo
puedes tener sin una familia y un trabajo fijo, y si te gusta mucho mejor claro.
—¿Ah sí? No hay muchos de tu edad que piensen tanto en el
futuro, de tener una familia y un trabajo normal, muchos solo piensan en vivir
el momento —su pelo.
—Bueno je, je, solo digo lo que pienso. No sé, me considero
un tipo como cualquier otro.
—No hay nadie totalmente como los demás. ¿Y te gusta tu
trabajo? —su voz.
—Creo que si —dudó un rato— Si, me encanta.
—Eso es bueno, no sabes la cantidad de gente que trabaja en
algo que odia, que se pasan su vida entera en un trabajo sin sentido, ¿para
qué? Si lo piensas…
El irlandés aprovechó que ella hablaba para echar una ojeada
al lugar. Había notado algo extraño desde hace rato y al echar un vistazo al
lugar se confirmaron sus sospechas. El restaurante, si bien no solía estar
abarrotado pero si con algo de clientela, estaba vacío, se habían ido los pocos
clientes que habían venido y quedaron solo el Ángel y él. Pero no estaban solos del todo.
En una esquina de la sala, casi tapados por un biombo
decorativo había tres hombres con ropas no muy acordes al estilo refinado del
restaurante. Al irlandés solo le hizo falta un vistazo para saber que eran
matones enviados por algún competidor cabreado. Sin perder la calma y
mostrándose totalmente normal, le dijo al Ángel que le disculpara ya que iba a
ir al baño. Nada más se levantó los otros tres se pusieron en alerta y le
siguieron con la mirada.
Una vez en el servicio de caballeros dio un vistazo alrededor
y comprobó que no había nadie, entonces se dirigió hacia uno de los lavabos
individuales. Cerró la puerta, colgó de un perchero su chaqueta, se remangó la
camisa blanca y se crujió los dedos. Todo esto lo hizo con una tranquilidad y
una parsimonia increíbles, como si se tratara de un cirujano a punto de operar.
Era metódico en su trabajo y era muy conocido por su perfección a la hora de
“tratar” con sus víctimas. Se quedó un rato mirando a la nada mentalizándose. Siempre
lo hacía antes de actuar, en este proceso se liberaba de su alma, de su parte
humana, en un vano intento de alejarse de lo que iba a hacer, como si solo con
eso se justificara o pudiera mantener su conciencia tranquila. Pero él sabía
bien que esto no era posible.
Después de un rato el irlandés salió del baño individual
para lavarse las manos, entonces se dio cuenta que uno de los matones había salido
del baño contiguo al suyo, otro estaba también lavándose las manos y el tercero
bloqueando la puerta. Había estado tan concentrado que no los había oído
entrar, pero daba igual, el resultado seguiría siendo el mismo. Comenzó a
frotarse las manos con la misma parsimonia de antes, alzó la vista al espejo y
miro su reflejo. Pero ya no era él. No se reconocía en esa imagen. Se estaba
preparando.
—No deberías haber cabreado al jefe —cortó sus pensamientos
el matón que se estaba lavando las manos, tenía un bigote muy espeso.
—Si —empezó a hablar el gorila que había salido del baño de
al lado, este era regordete— Deberías saber de sobra que en nuestros negocios
no se mete ningún irlandés de mierda como tú.
Ahí estaban, las palabras mágicas. Desde que era pequeño y
en el día a día de su trabajo tenía que aguantar términos e insultos como ese.
De pequeño, en su barrio, se metía en constantes peleas porque le llamaban a él
y a su hermano “putos inmigrantes” y cosas así. Su hermano los ignoraba pero él
siempre acababa metiéndose en peleas y volvía a casa totalmente destrozado, lo
más curioso es que con los que se peleaba acababan peor. Cuando creció cambiaron
muchas cosas, pero el odio seguía ahí, solo que lo tenía que soportar de sus
jefes y los subordinados de estos. Los aguantaba porque eran sus clientes, los
que le daban de comer. Pero no este gordinflón. Con este podría desahogarse a
gusto.
—¿Qué te pasa? ¿No dices nada? ¿Es qué te molesta que te
diga irlandés de mierda?
Miró de reojo al del bigote, tenía la mano en el bolsillo,
seguramente tendría un cuchillo o una navaja. El de la puerta, un flacucho
calvo, llevaba una gabardina vieja y tenía una mano en un gran bolsillo. “Ese
puede que tenga una pistola o un cuchillo igual que el otro” pensó. Si es una
pistola tendría un problema añadido, pero podría usar al bigotudo de escudo.
Todo esto lo estaba pensando mientras que el gordo le seguía
diciendo cosas y él se lavaba las manos. Repasaba el aspecto de sus objetivos,
los analizaba. El del bigote tiene un cuello largo y muy flaco, un golpe ahí lo
dejaría K.O. El gordinflón sería complicado si se le echaba encima. Siempre se
le había dado bien pelear, había adquirido mucha experiencia de pequeño, así
que cuando creció solo tuvo que dedicarse a lo que mejor se le daba, dar
palizas. Eso unido a los conocimientos de medicina y fisiología que le había
enseñado su tío, con el que tuvo que ir a vivir después del “accidente”, le
convertían en una máquina precisa de matar. Y lo peor es que en el fondo estaba
orgulloso de ello.
—Escoria como tu debería ser apaleada en las calles —volvió
a hablar el gordo— A mi padre lo mató un hijo de puta irlandés como tú, solo
sois una plaga.
El gordo inconscientemente se acercaba cada vez más a él, lo
cual era un error. El irlandés terminó de lavarse las manos, cogió una pequeña toalla
cercana y se las secó. Volvió a dejar la toallita bien doblada donde estaba y
alzó la vista otra vez hacia el espejo. Tomó aire. Todo pasó muy rápido.
El irlandés agarró el brazo más cercano del gordito, le propino
un codazo en la cara y con el hombro lo empujó para alejarlo. El del mostacho,
que le había dado tiempo a sacar la navaja automática, fue a darle un tajo por
la espalda. Él se giró rápidamente, posicionándose frente a su próximo objetivo,
esquivó el tajo a duras penas y recibió un corte en el costado. El matón
intentó darle una estocada en el pecho pero el irlandés, que era más rápido, se
desplazó ligeramente a un lado haciendo que el otro trastabillara. Le cogió el
brazo de la navaja por la muñeca, inmovilizándosela, y luego le dio un certero
golpe en la nuez. El bigotudo empezó a ahogarse. El de la puerta se había
quedado paralizado pero reaccionó sacando la pistola. El irlandés se adelantó a
lo que iba a hacer y cogió la navaja del bigotudo, la arrojó contra el calvo
acertándole en el cuello. Soltó un chorro de sangre que pinto las paredes de
rojo. El gordo aprovechó para embestir por detrás al irlandés tirándole al
suelo y cuando estuvo encima suya le propinó varios puñetazos en los costados y
en la cabeza. Él llevó acabo un movimiento rápido y le dio un codazo en una
oreja, aturdiendo al matón. El irlandés se lo quitó de encima y esta vez fue él
el que se colocó encima. Puso sus piernas sobre sus brazos para inmovilizarlo y
empezó a darle varios puñetazos en la cara. Con cada golpe intensificaba la
fuerza con que los daba, hasta que noto como se le rompieron los nudillos.
Cuando la cara del gordinflón no era más que una masa sanguinolenta de carne y
huesos, paró. Se levantó y tomó aire.
Volvió a ser él. Se miró al espejo y se reconoció. Bueno, un
poco. La verdad es que cada vez se reconocía menos y empezaba a ser otra
persona, alguien que no le gustaba del todo. Echó un vistazo a su obra. El
gordo estaba más que muerto, el calvo había dejado de darle espasmos pero aún
brotaba sangre de su cuello, el del bigote se agarraba la garganta intentando
buscar aire. Le quedaba muy poco tiempo e interrogarle sería complicado. Se
volvió a lavar las manos, se recolocó las mangas de la camisa y se puso la
chaqueta. Pasó entre los cadáveres intentando no mancharse de sangre y salió
del servicio.
Ya estaba pensando la excusa para el Ángel de porque había
tardado tanto. Se dirigía con paso galán hacia la mesa pero a medida que se
acercaba fue andando más lentamente hasta que se quedo inmóvil del todo. La
había notado demasiado inclinada pero hasta que no estuvo cerca suya no supo
que pasaba.
Tenía los brazos lacios y colgados sin movimiento. Esos
brazos blancos, brazos frágiles y suaves. La cabeza inclinada hacia delante
como si estuviera dormida, con los cabellos morenos cayendo por sus hombros
como una cascada de azabache. Negros pero a la vez brillantes. La cara pese a
no mostrar vida era hermosa aún, como si su belleza fuera tal que se podría
haber mantenido hasta la eternidad. El vestido blanco estaba manchado de
escarlata y un charco se formaba alrededor del Ángel. El color tan profundo de
la sangre contrastaba con el pelo y el vestido. El cuello, que antes sostenía
toda esa arquitectura divina, estaba cortado y goteaba.
El irlandés se inclinó y le echó la cabeza hacia atrás, le
arregló un poco el pelo y le limpió la sangre con su chaqueta. Después
lentamente le cerró los ojos. Se quedó un rato contemplándola, tan inmóvil, esa
tranquilidad la hacía más hermosa si se podía. En ese momento empezó a venirle
imágenes, recuerdos de cuando era más joven, de cuando ocurrió el “accidente”.
Le venían en flashes, recuerdos fragmentados, ya que los había intentado borrar
de su mente desesperadamente. No era casual que esos recuerdos vinieran ahora,
al igual que el Ángel un ser querido había muerto delante suya.
Su hermano siempre le dijo que debía dejar de meterse en
peleas. “El odio solo engendra odio” le decía “la vida es demasiado corta y
miserable para vivirla cabreado”. Le decía que si algún día quería vivir
tranquilamente debía dejar de lado ese lado violento que tenía. El día que unos
matones les empezaron a insultar y tirarle cosas a él y a su hermano, ese día
los consejos que siempre le decía desaparecieron de su mente y saco su
verdadera naturaleza. Solo le basto unos segundos para tumbar a esos cabrones.
A uno de esos cabrones solo le basto una bala para matar a uno de esos sucios
irlandeses. Desde entonces se fue con su tío para reformarse y vivir una vida
normal, lejos del odio y la violencia. Pero no podía huir de él mismo.
Se dirigió hacia la parte de detrás de la barra. Los pocos
camareros que había en el restaurante habían sido asesinados y sus cuerpos
yacían por todas partes. Estaba claro que eran profesionales, lo habían hecho
rápido y sigilosamente. Pero él tenía algo más. Tenía talento. Había nacido
para matar. Descolgó el teléfono que usaban en el restaurante y marcó un
número. Sonó.
—¿Hola? ¿Servicio de limpieza? Verá necesito un equipo en el
restaurante italiano de la Principal… Si... Si, desearía un servicio discreto y
cuando antes... Ajá... Unos tipos me lo han puesto todo perdido, habrá que
llamar al jefe... De acuerdo esperare aquí —colgó el teléfono y echó una vista
al restaurante. Se tiraría toda la noche para limpiar ese estropicio.
Se acercó al Ángel temeroso, sentía un dolor en el pecho. Una
tristeza embargó el poco corazón que le quedaba. De repente empezó a escrutar
por su mente buscando. No lo encontraba. Abría la boca y no le salía. Mostraba
una cara de horror. Empezó a llorar cayendo al suelo y se dio cuenta de que ya
no se reconocería en el espejo, o peor que verdaderamente siempre había sido
aquel tipo al que veía en el espejo.
Buscaba en su mente el nombre del Ángel pero no lo recordaba.

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